¿Cómo hacemos escuela en la cultura digital?
- Nancy Arias
- 16 abr 2024
- 4 Min. de lectura
Y, la escuela somos nosotros, dijo.
Como si no quedara otra que aceptar esa verdad tan simple como evidente, como si se resignara. Y es que quienes nos encontramos todos los días de lunes a viernes somos nosotres, quienes tratamos de enseñar y aprender somos nosotres, no hay tu tía. Llegamos a veces dormidos, somnolientas, otras con todas las pilas. Llegamos para encontrarnos, para celebrar el encuentro a pesar de todo y de todos, a pesar de nosotres mismes y de quien tenemos al lado. Nos juntamos para hacer día a día, hora a hora y timbre a timbre, la escuela. Traemos nuestros cuerpos.
Usted que es más jóven, suba a la biblioteca y pregunte si podemos ir -dice la profe cuando ya no puede con el ciático y menos con el alma.
Pero seguimos, porque la escuela somos nosotros que habitamos esta interfaz como un territorio. En medio de la cultura digital nos preguntamos si la escuela sigue siendo la misma que conocimos allá lejos y hace tiempo, para lo que resulta indispensable pensar qué hace que una escuela sea una escuela.
Si decimos que la escuela es una tecnología, como una serie de conocimientos y técnicas que permiten al ser humano modificar su entorno, tendremos que aceptar que cambiar el mundo es una parte esencial de lo escolar, pero bien sabemos quienes la habitamos que reproducir el mundo tal cual está y garantizar el acceso a la herencia cultural, también es parte de nuestro mandato. La escuela es una gramática con trampa, un candado que viene con la llave colgada, un espacio de ruptura y de modelización. Toda gramática crea en torno a sí misma un ambiente con sus propias lógicas, categorías y posibilidades, como “aquella máquina de aquellas soñadas invenciones” que volvió loco a Don Quijote, nos interpela y nos enfrenta a nosotres mismes, a quienes fuimos, a quienes creemos que somos y a quienes pretendemos ser en un futuro.
Yo vengo a la escuela porque quiero ser alguien el día de mañana, dijo… Yo no conozco a nadie que no sea alguien aunque no haya ido a la escuela, le dije y me miró.
Lo dicho, lo actuado, lo silenciado, lo repetido sin sentido también es lo escolar, también es ese hábitus que hace que cualquier persona que ha pasado por la escuela sepa cómo es “sentarse bien”. Gramatizar para contar, para dar sentido. “Los argumentos deben ser sólidos, anclados en el avistaje teórico propuesto y precisos en relación con el objetivo de la consigna”, dice la pantalla y ahora estoy del otro lado ¿qué hace que la escuela sea una escuela sin importar cómo se ve o si está hecha de ladrillos, de pixeles o de ramas a través de las que se cuela el sol?
En este lugar, en este aquí y ahora, las tecnologías ocupan un rol central, los dispositivos y artefactos se encuentran en simbiosis con la construcción de sentido, las representaciones sociales, los imaginarios, la identidad. ¿quiénes somos en esta cultura digital en la que un algoritmo puede predecir nuestro comportamiento mejor que nosotros mismos? ¿cómo hacemos escuela en un mundo cada vez más virtual, más competitivo, en el que somos consumidores/as de nuestra propia vida? Encerrar los cuerpos para educarlos fue el sistema de la escuela por varias décadas, ¿encerrerá el alma y la mente también la escuela de la cultura digital? ¿las pantallas serán puntos de fuga o anclas con cadenas brillantes? Posiblemente ninguna de las dos cosas y las dos. Somos nosotres no más encontrándonos para izar la bandera y empezar el día.
Pero usted no controla sus dispositivos, me dijo desde el enlace de Twitter, a sus dispositivos los controla el software con el que fueron escritos, esos nuevos escribas digitales que controlan el mundo ¿vio?
No, porque esta tecnología que manejamos es oscura, nos fuimos de rosca con las interfaces gráficas y ahora cualquier gesto es gramatizable, hecho cálculo, ya lo explicó Stiegler. Claro, y de ahí fuimos a la desobediencia tecnológica, a los gestos no previstos, a buscar los márgenes de libertad para quitarse el barbijo digital y volver a respirar. El problema es que ya no sabemos cómo funciona, qué magia opera la tecnología. Por eso leemos a Hui y comenzamos con él a imaginar unas tecnologías diversas, pero para imaginarlas hay que saber que los programas pueden reescribirse, hay que saber que los programas existen, que hablan diferentes lenguajes y que quizá no todo está escondido, que sólo hay que levantar la tapa, hacer algunas preguntas y apoderarse de las palabras, de las letras, de los códigos, antes de que sea demasiado tarde y (otra vez Stiegler) nos gane la Idiotez Artificial.
Somos nosotres, detrás de cada log in, de cada tecla que continúa sonando ¿podremos añadir nuestra voz a las máquinas que nos rodean? ¿lograremos que la polifonía suene dentro de las escuelas y vuele a través de las ventanas más allá de las aulas, de los patios, de los pasillos, de las aulas virtuales y las actividades entregables? ¿serán posibles formas escolares del hackeo? se pregunta Masschelein desde la Times New Roman número 10 que parece 8 porque perdí los anteojos y a esta edad...
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