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Cultura digital y educación

  • Foto del escritor: Nancy Arias
    Nancy Arias
  • 5 jun 2020
  • 6 Min. de lectura

Saber quiénes somos en un mundo cada vez más virtual donde la ciber mediación y los algoritmos se han acoplado a nuestras vivencias cotidianas, se nos torna indispensable a la hora de cualquier reflexión teórica. Muy pocas veces en la historia la distancia entre las infancias de abuelos y nietos fue tan vasta. Una persona de 80 años, finalizando la segunda década del siglo XXI en territorio cordobés, vio en llegar a su pueblo los primeros autos de vecinos que no pertenecían a las burguesías locales, vio llegar la radio a los hogares y más tarde la televisión, las computadoras y los celulares. Su nieto llegó cuando todo estaba aquí. Estos nuevos miembros de la vida cultural que reciben distintos nombres: nativo digital, centennial, generación z, navegan este mundo con el celular en la mano y los auriculares puestos pero lo más importante, se adentran en recorridos impensables para las generaciones anteriores.


Las TIC nos configuran como usuarios.

Vivimos en la cultura digital, en un contexto emergente en el que las tecnologías digitales adquieren un rol central. Escapar a esta cultura digital parece una misión imposible: somos ciudadanos digitales, empleados digitales, estudiantes virtuales y eventualmente cyborgs. Estos procesos socio culturales "se definen por la materialidad de nuestros dispositivos y artefactos que se encuentran en simbiosis con la construcción de sentido, las representaciones sociales, los imaginarios, la identidad" (ISEP, 2019)

En tiempos de conectividad y convergencia, reconocernos a nosotros mismos es un desafío. Inteligencia artificial, big data, internet de las cosas, narrativas transmedia, mediación algorítmica son términos cada vez más cotidianos. En esta cultura digital, los sujetos se apropian de las tecnologías digitales y detonan procesos simbólicos y materiales que reconfiguran los sistemas de producción, circulación y consumo de información (Castells, 2010).

En 2019, Carlos Scolari en su obra #mediaevolution, actualiza los nuevos paradigmas de la comunicación (Orihuela,2002) utilizando la metáfora de las mutaciones. En el nuevo ecosistema mediático Scolari nos habla de diez mutaciones: la comunicación pasó del broadcasting al networking, el modelo unidireccional de la comunicación (E-M-R) donde el mensaje es un texto lineal, monomedia y periódico se convirtió en un modelo reticular, casi fractal en el que la comunicación es de muchos a muchos, prosumidores de un hipertexto multimedia o transmedia en tiempo real. Antes, la información era escasa, intermediada por profesionales preocupados por la opinión pública en un mundo donde lo público y lo privado eran ámbitos celosamente separados. Ahora, la infoxicación nos agobia, las intermediaciones se han vuelto cibernéticas en un mundo donde las prácticas comunicacionales se han visto invadidas por el amateurismo, donde el filtro burbuja nos segmenta con eficacia creciente, en una sociedad que hace de la hipervisibilidad su credo.

En 2008, Jenkins nos hablaba de la cultura colaborativa que la convergencia tecnológica y cultural habilitaba. Después vino el boom de las fake news, Cambridge Analytica, Trump y las democracias occidentales sintieron el impacto. Después, el celular se nos volvió prótesis; el reconocimiento facial, promesa de seguridad y las plataformas, la nueva patronal. Entonces los autores comenzaron a advertirnos sobre nuestra huella digital y el negocio en torno a nuestros datos; sobre el asalto del hipercapitalismo a todos los flujos de la vida (Sadin, 2018) y sobre cómo "convertir todo en datos y usar algoritmos para analizarlos, cambia lo que significa conocer algo…" (Manovich, 2012).

Estos cambios en los procesos de construcción del conocimiento nos obligan a preguntarnos cómo aprenden les estudiantes tanto dentro como fuera de las aulas. En un estudio publicado en 2018 Carlos Scolari y un grupo internacional de investigadores se preguntan qué están haciendo les adolescentes con los medios y encuentran que están utilizando nuevas estrategias de aprendizaje basadas en aprender haciendo, en la imitación y la simulación, en la resolución de problemas, en el juego y la colaboración. Tareas como crear y compartir dibujos y diseños, participar en redes sociales, producir mensajes y hacerlos circular van creando nuevos caminos y posibilidades en nuestros mapas mentales. Frente a esto, algunos docentes viven como un dilema angustiante el uso de las TIC en su tarea de enseñanza; mucho aporta a los temores en torno a su utilización las dudas del mundo adulto sobre su capacidad de manejo de las tecnologías. Educados en un mundo donde la autoridad docente provenía de la necesaria ignorancia del estudiante y donde la escasez informativa imponía el dominio de la cultura letrada, imaginar e implementar experiencias de enseñanza y aprendizaje en las cuales el dominio del conocimiento fluctúa entre les participantes a través de diversos formatos y lenguajes es un desafío importante para la mayoría del profesorado.

En la citada investigación, el grupo Transmedia Literacy nos dice que “El Alfabetismo Transmedia parte de una lectura diferente de la realidad de los adolescentes, la cual amplía y complementa los postulados del alfabetismo mediático con otras preguntas de investigación y propuestas de intervención. El Alfabetismo Transmedia se focaliza en lo que los jóvenes están haciendo con los medios y los considera prosumidores (productores + consumidores), personas potencialmente capaces de generar y compartir contenidos de diferentes tipos y niveles de complejidad”.


Pero ¿Qué es esto de lo transmedia?


Nacido como un adjetivo para caracterizar a las nuevas narrativas del mundo del entretenimiento donde las historias se expanden a través de diversos medios y plataformas, aportando cada medio sus lenguajes, sus lógicas y sus públicos para llegar a diversas y segmentadas audiencias quienes a su vez expanden estas historias con contenidos generados por los usuarios, "lo transmedia" encontró rápidos adeptos en todos los ámbitos de la comunicación.

Podemos pensar la comunicación transmedia como una gestión multiplataforma de un tráfico comunicativo global y prácticamente ubicuo que se despliega a través de diversos lenguajes y soportes, en el que el consumo, la creación y la administración de mensajes se ha acoplado a la lógica de la cotidianeidad en un entorno mediático emergente de cultura colaborativa donde la comunicación es de muchos a muchos abandonando el modelo lineal y acercándose a una lógica fractal.

La pregunta entonces es ¿Se puede pasar de una pedagogía de la enunciación que encuentra su correlato en el broadcasting a una pedagogía de la participación que halla el suyo en la comunicación transmedia? ¿Será posible, será beneficioso planificar un relato educativo transmedia con contenidos generados por docentes y estudiantes?

La posibilidad que brinda la educación transmedia para contrarrestar la automatización de la recepción vuelve a la escuela un lugar estratégico. Sin embargo, debemos tener en cuenta que esta lógica transmedia se ha acoplado a la lógica de la cotidianeidad, es decir que ha invadido nuestra vida laboral, amorosa, familiar, económica, política, en fin, todos los aspectos de nuestra vida social y privada. Las formas que asume, en el marco de esta invasión, la apropiación de los tecnomedios por parte de los diversos grupos sociales se ve predeterminada por el poder de las grandes empresas dueñas de los datos y las tecnologías y por el propio uso que las personas hacen de las pantallas; “de la noche a la mañana, el 95% de los sujetos que estudiamos pasó a tener un sensor de sí mismo 24 horas al día. Los biólogos siempre dijeron `eso no es ciencia, no tienen datos´. Pero ellos no saben dónde están las ballenas en el mar. Hoy nosotros sí sabemos dónde están las personas, pero también sabemos qué compran, qué comen, cuándo duermen, cuáles son sus amigos, sus ideas políticas, su vida social”, dice Martin Hilbert, experto en big data.

​​¿Educamos ciudadanos plenos que disputen sentidos en la cultura digital o entrenamos consumidores obedientes que sigan ciegamente los devenires del mercado?

En este punto pensar una educación transmedia supone una decisión ética de quienes trabajamos en las escuelas. Esta nueva perspectiva que viene desde el mundo del marketing nos ubica en el rol de consumidores que deben ser continuamente conminados a continuar consumiendo. Trasladar sin más ese paradigma a la educación es sumamente nocivo para el desarrollo de una ciudadanía plena, en el marco de la inclusión y la ampliación de derechos. Por esto resulta imperativo que la escuela (como el software) “tome el mando” y comience a trabajar activamente con las TIC, a apropiarse de ellas desde una mirada elucidada y no sólo a pasteurizarlas para que pasen el filtro de lo escolarmente aceptable.

Encontramos en los estudios realizados por la Dra. Susana Morales sobre el paradigma de la apropiación una respuesta a estos interrogantes. Dentro de los procesos de apropiación, la profesora nos habla de: “Las prácticas a través de las cuales los sujetos (individual y colectivamente, desde las organizaciones sociales, políticas y sindicales), habiendo realizado una elucidación crítica acerca de los condicionamientos económicos, tecnológicos, sociales e ideológicos que acompañan la presencia de los medios de comunicación y las TIC existentes en su contexto inmediato y los discursos que ellos vehiculizan, expresan en la creación y uso de nuevos medios y discursos, su deseo y libertad de manifestar sus propias necesidades, convicciones e intereses, en el marco de la construcción de proyectos de autonomía individual y colectiva”. (Morales, 2009)

Las tecnologías nos configuran como usuarios y la cultura digital que habitamos nos vuelve ciudadanos de un mundo donde lo virtual y lo real se han fusionado. En estas nuevas geografías será necesario cartografiar los territorios no sólo con nuevos instrumentos sino con miradas innovadoras sobre lo que consideramos posible. La red es una trama enmarañada, atravesada por diversos intereses (sociales, culturales, políticos, económicos); en ese entramado la escuela debe asumir el desafío de ser el espacio donde el encuentro para enseñar y aprender sucede presencial y colectivamente en un mundo cada vez más individualista, virtual y competitivo. En el medio del ciberespacio (ese inconsciente colectivo), la escuela como lugar de reunión físico, afectuoso, cotidiano, se presenta como la posibilidad real del encuentro de la comunidad.


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